El momento lo puso la calle
Nos dicen estos días que el 11 de noviembre “no es el momento”. Que faltan pocas semanas para las elecciones. Que una huelga general “hace el juego” a unos o a otros. Que mejor después. Siempre después. El después es un lugar muy cómodo para quien ya tiene casa.
Conviene recordar que esta huelga no la inventó ningún despacho. No salió de una mesa de diálogo social ni de una cena con ministros. La impuso la calle, detonada por el desahucio de Maricarmen. La impusieron los centenares de miles de personas que, en más de 50 ciudades, con la juventud al frente acabaron acampando en Sol y en otras plazas de todo el Estado español. Una generación a la que le dijeron que estudiara, que se esforzara, que emprendiera, y que ha descubierto que con su sueldo entero no paga una habitación con ventana a un patio de luces. Fueron ellas y ellos quienes empujaron. Las direcciones sindicales llegaron después, y bienvenidas sean, pero que nadie confunda quién abrió la puerta.
Por eso hoy, cuando algunos hablan de prudencia, hay que preguntarles: ¿prudencia para quién? Porque hay algo que no espera a ningún calendario electoral. Esta mañana, mientras usted leía el periódico o se tomaba un café, en algún portal de este país una comisión judicial llamaba a una puerta. Y ocurrirá mañana. Y pasado. Cerca de cincuenta veces al día. Cincuenta familias que bajan a la calle con las bolsas del supermercado llenas de ropa, de fotos, de los cuadernos del colegio. Nadie aplaza esos lanzamientos “hasta después de las elecciones”. El desahucio no tiene sensibilidad democrática. El fondo de inversión no consulta las encuestas ni se pregunta si es el momento.
Es curioso: para echar a una familia de su casa, siempre es el momento. Para defenderla, nunca.
La pobreza laboral pasa del 11 al 15% tras pagar los gastos de la casa. Hasta un 34% de los inquilinos/as con trabajo sufren pobreza laboral después de haber pagado la renta a precio de mercado, una cifra tres veces mayor que quienes se encuentran con esta estrechez después de pagar la hipoteca (10,22%). Cuando escribimos esta nota, en Vitoria-Gasteiz, se está desahuciando a una familia de ocho personas, con seis menores a cargo. Y como siempre, la policía ha cargado contra quienes acuden a impedir el desalojo.
Es lo que pasa cuando el precio de un techo lo fija quien tiene muchos techos, y lo paga quien no tiene ninguno. La vivienda se ha convertido en mercancía, y la mercancía no tiene compasión. Solo tiene rentabilidad. Esa lucha la libran ellos cada día, con abogados, con fondos, con leyes a medida. Lo único que decidimos nosotros/as es si respondemos o si seguimos contemplando dramas como lo hace quien todo lo humano le es ajeno.
Dicen que una huelga a las puertas de unas elecciones “se convoca contra alguien”. Claro que sí. Se convoca contra los bancos y fondos buitres, contra todos los gobiernos, contra la especulación, contra los salarios que no llegan, contra la precariedad que nos han vendido como flexibilidad. Si algún partido se siente aludido, tal vez debería preguntarse por qué.
Y hay otra cosa. Las urnas votan cada cuatro años. Los alquileres suben cada mes. La huelga general es la forma más contundente de votar con los brazos cruzados, con la fábrica quieta, con las escuelas, universidades y oficinas vacías. Es recordar a quien manda que la riqueza no la producen los consejos de administración, sino quienes se levantan cada mañana a trabajar. Cuando paramos, se para todo. Por eso tienen tanto interés en que nunca sea el momento.
El 11N no es un final. Es un principio. Lo que la juventud empezó en las plazas tiene que llegar a cada centro de trabajo, a cada barrio, a cada instituto y facultad. Asambleas, comités unitarios de huelga. Que el día después no sea volver a la normalidad, porque la normalidad es precisamente el problema.
A quienes dicen que no es el momento, solo una pregunta: ¿cuántos desahucios más hacen falta para que lo sea?
El 11 de noviembre, a la Huelga General.
